
Kamila…Kamila. Mi pequeño angelito tiene ya 18 meses y le encantan los paseos a pie.
Hoy nos tocó salir en busca de gatitos que, por cierto, los tienen muy bien guardados en esta comunidad
Previamente pasamos por la casa de la oruga. Lo busca detenidamente en su árbol, pero parece que hoy se fue a dormir temprano.
Ahora, no queda otra que buscar felinos. Difícil, pero no imposible. Parece que también están dormidos.
De pronto un grito de emoción. Kamilita suelta mi mano y sale en carrera tras de un gatito inquieto que atraviesa la calle.
Dios mío y ahora qué. Cómo acariciarlo si son tan ariscos. Pero ahí estaba acostado en el césped moviendo su cola. Todo negro, con ojos verdes, bigotes y patas blancas.
Sale su dueña, lo amarca y acerca a mi niña. Kamila le observa con pasión y acaricia por segundos que quisiera sean eternos. Permanece en conclillas junto al animalito. Su corazoncito se acelera. Sus manitos se estremecen entre la duda y la decisión de tocar sus bigotes y su piel.
Pero es hora de marcharnos. Por suerte, el ladrido de un perro la distrae y salimos en busca de nuevos gatitos.
Misión cumplida. Con su cara pícara y su risa sonora corre a casa. Me gana como siempre y llega no sin antes mirar al pequeño perro blanco que asoma siempre en la ventana. Ahí nos espera Angielisita, que sólo por hoy no acompañó a su abuela en esta aventura.
Chiquitas mías. Cómo vuelve el corazón y la memoria a mis años de joven mamá y a la imagen de mis dos grandes amores, María Elisa y Sofía, convertidas tan pronto en extraordinarias mujeres.
