PATITOS EN CASA

¡Auela auela, vení vení, esto es inqueible! gritaba Angielisita mientras me alaba de la falda, arrastrándome bajo una pequeña palmera junto a la ventana de su casa. 

Allí estaba ya Kamila, casi inmóvil, contemplando extasiada el espectáculo.  ¡Men men.  Miya miya!, decía.

Y alli estaba también el motivo de su asombro.  Seis patitos y dos más tratando de salir de su cascarón.  Preciosos, negritos, tambaleantes. 

¡Ella es la madre! aseguró Angielisa mostrándome la pequeña patita, de no más de 30 centímetros de largo,  mientras Kamila  agitaba sus manitos,  tratando de cogerlos.

La feliz pareja había escogido la palmera que crece  frente a la ventana, para hacer su nido.  Como la naturaleza es sabia, quizá se vió atraída por los dos angelitos que viven en la casa. 

Angielisa dedujo que el otro patito visitante era su padre y un tercero, la abuela.

La contemplación duró no más de 20 minutos.  La patita estaba inquieta y protegía como una leona a sus polluelos, mientras Maria Elisa, su madre, explicaba a sus pequeñas como nacen y crecen estos animalitos.

El mismo ceremonial duró tres días.  Al cuarto, llanto total. 

¡No están auela! ¡No están! Se han perdido.  Les ha llevado un fantasma!!! decía mi Angie. Kamila compartia el criterio con sus ojitos negros llenos de lágrimas.

Los patitos viven en el agua, deben estar ahí, les expliqué.  

No quedó otro remedio que armar una pequeña expedición al lago que queda atrás de la casa.  Media hora de caminata, sin protesta alguna. 

¡Patitos. patitos!!! dónde están? gritaban mis criaturas.

  De pronto, bajo el arbusto, junto al agua escuchamos el típico cua cua de la manada. Detrás de la madre nadaban presurosos los ocho patitos. 

Algarabía general.  Habíamos resuelto el dilema.  

¡Qué espectáculo más hermoso!!! Qué sabiduría de la naturaleza!!! Todo en su punto, todo en su lugar, mientras alrededor revolotean miles de pajaritos, ardillas, mariposas y las bellísimas garzas blancas, muy blancas, con su cuello tan erguido y tan esbeltas como mi Silvita.

Cómo no dar gracias a Dios y a la vida por tanta perfección de la naturaleza  y la ternura infinita de mis pequeñas que día a día inventan nuevas aventuras.

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