
Es sábado. El clima está caliente y el cielo muy azulado. Hay una brisa suave y alegría total en el ambiente. Es hora de observar la naturaleza, la nueva vida animal y una nueva aventura de la abuela.
¡Auela auela. Vení a vel a la arañita bebé. Es hermosísima y no te pica. Está en mi gimnasio. Mira mira. Esta ahí. Es chimilinga, preciosísima!!!, me dijo Angielisita. Sus ojitos le brillaban y sus manos gesticulaban en movimientos precisas para describir al nuevo animalito.
Kamila asiente con su carita y corre al escenario.
Con tan tierno recibimiento ¡cómo negarme a observar al arácnido!
Ahí estaba yo, mirando directamente a los ojos, a una arañita de unos 5 milímetros. Era blanca, transparente y tenía tres puntitos negros en su espalda.
MIra mira. Tiene varias patas largas. Mira mira como se mueve. Es la bebé y va a la escuela porque la madre trabaja, seguía narrando Angie con su vívida imaginación.
Kamila se movilizó de inmediato a mostrarme la supuesta casa de la araña en la rama de un árbol y el lugar de la escuela, en un agujerito de la barra en la que suelen columpiarse.
¡Milale bien. Está tomando el sol. Por favol, habla bajito. Mira tiene ojos azules! afirmó mi Angie.
Dios mío, cómo contener mi risa. Pero ante su sorpresa y para evitar su disgusto le recordé que la abuelita ya esta viejita y no ve bien.
¡No te pocupes auela. Yo te curo! dijo Angie y salió en presurosa carrera a su casa. Volvió de inmediato con unas gafas de su madre y un curita con el que alivia todas las enfermedades.
Kamila es su asistente y me pone los lentes, mientras Angie desprende el papel de los curitas. Dios mío ¡que me van a hacer! dije.
Equipada con las gafas me acerqué con más confianza, no porque viera mejor, sino porque me protegían de la araña.
Ah, dije sorprendida. No son ojos azules. Son verdes.
¡No! Son azules, insistió mi Angie.
De pronto, la arañita pegó un salto hacia nuestra nariz, dándonos tremendo susto, pero por suerte u obra de magia, volvió como resorte a su morada.
¡No te asustes auela! La arañita no pica, solo te acaricia, afírmó Angie, aunque evitó cogerla.
Así, con gafas, un curita en la frente y un amor infinito, me enfrenté por primera vez y cara a cara, a una diminuta araña.
Son las cosas del amor y las aventuras de la abuela.
