
Para variar, hoy es día de piscina. Mis pequeñas -Angielisita y Kamila- me recuerdan desde muy temprano el compromiso.
A las cuatro de la tarde ya están muy ataviadas con sus trajes de baño. Angie lo logró con éxito, mientras que Kamilita dio lucha, pues, introdujo sus dos piernitas en un solo espacio del traje, hasta que reconoció y rectificó su error al ritmo de «yo mimo yo mimo»
Logré ganar todo el tiempo posible hasta que llegara la madre o Titi, quienes por hoy, eran las encargadas de nadar y controlar a las pequeñas. Frecuentemente lo hacen con sus padres.
¡Ya sácate esto, ponte tu traje auela! insistían. Díos mío y ahora como confesarles que jamás aprendí a nadar ¡Que barbaridad! si para ellas hacerlo es muy simple.
Por suerte apareció en escena el abuelo, muy bien ataviado con su traje tropical y sacó todo su repertorio juvenil de nadador de río. Hasta de espaldas hizo las piruetas, aunque casi se va de oreja, pues los años no pasan en vano.
Muy confiadas, las pequeñas se olvidaron de la auela y se lanzaron al agua con sus flotadores. El abuelo hizo lo mejor que pudo Reforzó las instrucciones técnicas para nadar de frente, de costado y hasta se acordó del estilo mariposa con dos manotazos que lo dejaron rendido.
Por cierto que yo, desde el filo de la piscina, insistía en las recomendaciones de sostener bien a la guagua, no dejar que traguen agua, sumergirse con nariz tapada, mover las piernitas, impulsarse hacia adelante, sostenerse del tubo, no alejarse mucho de las gradas.
¡Mejor traerás el manual! me dijo el abuelo. Mensaje entendido.
Por fin llegó la Titi, la madre, los gritos de alegría y todo el soporte para bañarlas, vestirlas y lo que sigue…
Ahora si, a festejar el cumpleaños de la Titi, con pastel a media asta, pues unos «ratoncitos» se comieron uvas y frutillas, al menor descuido.
En fin, un día más en las aventuras de la abuela.
