LOS DELFINES PUEDEN SALVARNOS?

«¡Corre, corre, abuela! Nos van a dejar. No te caerás,» me decía Angielisita, mientras me señalaba el pequeño bote en el que íbamos a recorrer la Bahía de Tampa para ver delfines.

María Elisita, su madre, había comprado los boletos para este tour destinado especialmente a los niños. Un helado era el gran atractivo.

El día estaba totalmente soleado. El mar y el agua conjugaban su azul cristalino con una brisa cálida y húmeda que soplaba en el ambiente. Un horizonte abierto mostraba la belleza de la bahía.

Los pelícanos, desplegando sus enormes gargantas, estaban apostados en el muelle y se precipitaban hacia el agua en busca de sus presas.

Ya bien sentadas y listas para el viaje, surgió la primera inquietud de Angie:

«¿Y si nos hundimos, abuela? ¿Quién va a cuidar a mi pollito?»

«No, estos barcos son muy seguros. No te caerás. Además, los delfines son amigos. Ellos nos ayudarán,» le contesté.

Kamilita, bien acurrucada en los brazos de su madre, un tanto cansada por el calor y las carreras hacia el bote, solo tenía ojos para el helado.

De pronto, un grito generalizado nos sacó de la rutina: «¡Dolphins, dolphins!» Las pequeñas saltaron de su asiento.

«¡Ahí, ahí! ¡Mírale, mírale! Se hundió. Se hundió. Debe ser la madre. ¡Debe ser la madre!», gritó Angie.

«Mira. Uno, dos, tres. Se fueron, se fueron. La madre fue a cuidar a sus hijitos,» reflexionó Angie.

Kamilita abría sus ojazos negros y agitaba sus bracitos. «Agua, agua,» repetía.

Luego tarareó una canción, como siempre lo hace.

«Abuela, ¿los delfines pueden salvarnos?», dijo Angie.

«Sí,» le dije, «los delfines salvan a las personas. Cuando caen, las impulsan hacia arriba.»

«¿Y nos vamos a caer? Abuela, ¿nos subirán a la espalda?», preguntó.

«No, no,» le dije, «no vamos a caer. Los delfines solo vienen a saludarnos.»

Su madre se encargó de contarles las habilidades y virtudes de los delfines y otras tantas novedades de este bello recorrido.

De pronto, entre los viajeros, surgieron sonidos con los que se atrae a los delfines. Pero por hoy, estos estuvieron esquivos. Solo asomaron unos pocos, a lo lejos, en las aguas de San Petersburgo.

¡Qué hermoso día! ¡Qué belleza pintada por Dios y la naturaleza!

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