
¡Sube sube auela. Yo te enseño. Es facilito. Te pones los patines, te ajustas bien los cordones y pisas fuerte!
Esa fue la recomendación de Angielisita tratando de convencerme de subir a la pista de hielo.
Ya pueden imaginar a la abuela sobre la pista. Al primer intento resbalando y cayendo con toda su humanidad contra el piso.
No hijita. Yo no sé patinar. Además ya estoy viejita, le dije.
Estas viejita? preguntó. Pero si es facilito. Tienes que aprender auela para venir todos los días, insistió.
Esta fue la tercera clase de Angielisita y fue promovida ya al segundo nivel.
La recuerdo bien el primer día. Llegamos con su madre, abuelos y todo el equipo de respaldo.
Angielisita se sacó sus zapatos para ponerse sus patines. Kamilita se sacó inmediatamente los suyos, mostrando sus piecitos esperando sus botines.
Oh. Fue duro convencerle para que la pequeña desistiera de su intento de subir a la pista, por ahora.
Angie, toda intrépida, subió y dio sus primeros pasos. Resbaló. Tambaleó pero siguió adelante con su profesora.
Pero para sus prácticas, no tiene acompañante. Cuando puede, Titi viene con ella y hacen de las suyas en la pista.
Su padre, un hábil patinador de juventud, también incursionó con Angie para lucir sus destrezas. Cuando empezaba sus primeras piruetas, putulun… cayó. Los años no pasan en vano, pero se levantó de prisa, sin una sola queja, para dar ejemplo de coraje a su niña.
Ahora, mi pequeña trata de convencer a la abuela. No tengas miedo auela. Es facilito, me dice.
Ahora si que no. Imposible. Solo le consuelo diciendo que a los mayorcitos no dejan subir a la pista.
