¡BINCA BINCA!

Dios mío.  Ahora tuve que enfrenar un nuevo reto.  Como quisiera tener 40 años menos para poder cumplirlo.  

Regresamos al gimnasio de siempre.  Ingresaron con prisa, se quitaron los zapatos y se lanzaron a sus sitios preferidos para saltar, lanzarse al cubículo de esponjas, alcanzar las barras, hacer equilibrio, correr y brincar.  

Aprovechando la presencia de su madre que les acompaña con su alegría de niña, me limito a observarles, estar atenta a cualquier peligro y a tomar una que otra foto, para no distraerlas.

De pronto oigo Aueya…aueya.  Men men.  

Era Kamilita que corría hacia mí.  Quieres algo? le pregunto.  

No.  Men, dice, corre hacia mí, me toma de la mano y me lleva al lugar del brinca brinca.  

Que lindo.  Como saltas tan alto.  Sigue sigue.  Yo te veo.

No.  Men men.  Qui.  Binca, binca,

No mi amor.  Yo te veo y cuento cuantas veces lo haces.  

No. Men. Qui qui repetía insistente, mostrando el espacio junto a ella.  

Dios mío. Como darle gusto.  Si para ella era tan divertido hacerlo.  Di dos pequeños brincos en la parte exterior del brinca brinca y quedé agotada.  

No. Qui qui. repetía insistente, casi llorosa para lograr su objetivo.

No mi amor, le digo.  Ya estoy viejita.  Yo no puedo.  Estas barras son para las jovencitas.  Yo me puedo caer y romper un huesito.

Me queda mirando incrédula, pero al fin se convence.  Se conforma con darme unos masajitos en el brazo y vuelve a su ejercicio.

Mientras tanto,  Angielisita hace de las suyas.  Salta tan alto como su cuerpito le permite, corre y se divierte con otros niños. Espera su turno y vuelve al brinca brinca.  Es incansable.

¡Que belleza!  La maravilla de ser niñas.  Como disfruta mi niña interior al verlas.

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