
Hoy es día de médico. Debo salir unas dos horas para unos exámenes de laboratorio, no sin antes advertir a mi Angie de mi ausencia temporal.
– No auelita…no te vayas.
– Regreso enseguida. No me demoro.
– Yo voy contigo. Yo le ayudaré al doctor a curarte.
– No mi amor. Me van a pinchar el brazo y no vas a querer mirar eso. Yo regreso enseguida.
– Auelita auelita. Me acabo de lastimar la rodilla. Debo ir contigo al médico.
– Uy hijita mía. Déjame mirarte. Te duele mucho. Haber. Te pongo este desinfectante y esta pomadita. Ya estas curada.
– Pero me duele abuelita. Llévame contigo.
– A ese lugar que voy no dejan entrar niños. Estan solo las enfermeras pinchando el brazo a los pacientes viejitos.
– No importa auelita. Yo te espero en el carro. Te prometo quedarme quietecita.
– No mi amor. Ningún niñito como tú puede quedarse solo en el carro. Tú tienes que estar segura en tu casita. Aquí quedas muy bien cuidada por el abuelito, tu hermanita y tus libros. Te prometo que regreso en menos de una hora.
Así logre convencer a mi pequeño angelito para poder salir de casa.
Al regresar, gran algarabía.
Cómo te fue auelita? Múestrame el brazo decía Angielisita, mientras Kamilita observaba con gran curiosidad el esparadrapo que pusieron en mi brazo tras sacarme sangre.
Ves, le dije. Regresé rapidito. Solo mi pincharon aquí.
Te dolio mucho? Yo te curo auelita, dijo Angielisita y corrió a buscar sus típicos curitas, mientras Kamilita me acariciaba, con sus manitos, una y otra vez la pequeña zona afectada.
Un curita azul fue el remedio. Angielisita no dejó que nadie ayudara. Ella misma me colocó encima del otro vendaje. Kamilita dio el último retoque.
Un poco más tarde llega la madre y juega como una niña con sus pequeñas. Disfrutan ese tiempo con ternura infinita entre libros, cuentos, agua arena y hasta carreras en bicicleta.
En ese momento llega Titi y se incorpora a sus juegos con todo su amor y juventud.
Ternuras mías. Cómo olvidar estos momentos que compensan cualquier dolor.
