

Mis chiquitas no salían de su asombro. Estaban ahí en vivo y en directo, no en realidad virtual, compartiendo con Elsa y Ana, las protagonistas de Frozen, el cuento que su madre les grafica vívidamente en los libros que lleva a casa,
Elsa y Ana, de carne y hueso, estaban allí, en el Centro Comercial, en un escenario muy bien puesto, semejando al hielo y al contenido de aquel cuento infantil. Modelaron, tatuaron, pintaron cabellos, hicieron manicure y conversaron cara a cara con inquietos chiquillos.
Angelisa y Kamila no dudaron en mostrar sus manitos para el manicure, su cabecita para el spray de colores y bracito para el tatuaje con sticker.
Son de verdad abuela?
Claro, les dije. Han venido a visitarte. Son iguales al cuento. Pura fantasía.
Ilusionadas o no, mis dos angelitos diferencian muy bien la realidad de la fantasía, pero viven en ella.
Ahi estábamos tres generaciones. Abuela, madre, tía y nietas, disfrutando de ese mundo mágico y ante todo de la luz que emana de los ojitos de mis pequeñas, de su risa pícara, de sus emociones y fantasías.
Es que se acerca la Navidad y con ella, todo un mundo mágico, en el que todo es posible para los pequeños, desde un Papa Noel que viaja por las nubes e ingresa por las ventanas, hasta trineos y renos que vuelan.
Pero lo más importante, esperan al pequeño Jesucito que está por nacer.
