
Dios mío. Hoy me tocó hacer de ayudante de camarógrafo. Nunca lo hice en mi vida de periodista, porque yo era la periodista.
Pero el papel de abuela es diferente.
Mis dos chiquitas tenían esta vez cámaras fotográficas infantiles y tomaron muy en serio su trabajo.
Todo objeto, volador o no volador, era objeto de captura de cámara.
No te muevas auela. Tú vigila a la mariposa mientras yo le apunto, decía Angielisita. Tremendo trabajo. Impedir que la mariposa vuele. Pero me quedé inmóvil y la mariposa siguió el juego por tres segundos. Luego siguió su ruta.
Auela. Te dije que no te movieras, me dijo molesta y siguió su ruta tras otro objetivo, arañas lagartijas, flores, libélulas, etc.
Al siguiente día, mientras Angielisita estaba en la escuela, me tocó el turno con Kamilita.
Con cámara en mano, se aprestó a su trabajo. Se colocó unas gafas y salió tras su objetivo.
Gua guas,dijo. Madre mía. Todos están bien resguardados. Miya miya, aya va uno, dijo y apuntó la cámara. Era grande, muy lindo, y corría con su dueño.
Epeya epeya, dijo, inclinó la rodilla, apuntó al objetivo y disparó cuantas veces pudo. Que lindas fotos, le dije, está muy guapo.
Aoya muas muas, dijo. Salimos en busca de gatitos. Misión casi imposible. Ninguno se cruzó por el camino, pero sí el pájaro carpintero. Milagro. Bien apostado en una rama hacía ruidos con su pico. Suerte de Kamilita, su animal favorito.
Salió corriendo en busca de su escalera. Se subió presurosa y apuntó una y otra vez al cielo y las ramas. Ya no oyo nada. Shhh auela, me dijo. Muy tarde, el muy inquieto había alzado el vuelo.
Pero hoy era su día. Corrió al lago y sobre la verja fotografíó a los patitos, varios patitos. Luego tortugas, garzas. Nada escapó de su objetivo. Ni siquiera las hormiguitas salieron de su mira.
Cansadas regresamos en busca de una buena limonada para recuperar fuerzas. Mañana será otro día.
