
Auela auela. Coye coye. Una totuga. Miya una totuga, gritaba Kamilita, quien con Angie me llevaban presurosas a la ventana para que mirara al animalito en el patio de la casa.
Mira como se mueve. Vamos a tocarle, dijo Angie. No. Me muede, replicó Kamila.
Con toda esa curiosidad y temores nos acercamos al animalito, de unos 50 centímetros de largo. Sacaba esporádicamente su cabecita, buscando su habitat. No sabemos como asomó allí. Angie tocó suavemente su caparazón. Ven. No tengas miedo. Nosotros te cuidaremos, le dijo. Kamilia le brindó una zanahoria, pero rehuzó comérsela.
Las especulaciones fueron varias. Capaz salió a poner y guardar sus huevos fuera del lago o tal vez está perdida, fue la reflexión adulta.
No, dijo Angie. Debe haber salido a buscar a sus hijos. No. Es bebe y quiele su mamá, replicó Kamila.
De pronto, la tortuguita empezó a caminar tan rápido como pudo con dirección al lago. Se atascó en la verja hasta que el abuelo la liberó rápidamente en medio de la algarabía de las pequeñas.
Entonces, la tortuguita, emprendió veloz carrera y se sumergió en el agua. Jamás había visto a una tortuguita tan veloz.
Primera vez que mis pequeñas veían al pequeño animal en vivo y en directo. La conocían por medio de los libros. Nunca olvidarán su presencia y su visita.
