
Kamilita tiene unas amigas secretas, invisibles para los demás, que habitan en la esquina de algún lugar de la casa.
«¿Arañita, estás ahí?» pregunta cada mañana, con la voz llena de esperanza.
Ahí está auela. Dice que se ha ido de vacaciones a buscar a las hijas.
Las encontró? le pregunto curiosamente. Que les dijo?
Si auelita. Les dijo ¡hija…estás muy flaca!
¿No han comido? le pregunto, preocupada.
Sí, pero tuvo que compartir con la hormiguita. Miya, ahí está», dice Kamilita, señalando al aire.
Luego, se inclina bruscamente para mirar a sus amigas invisibles y resbala de la banca, dándose un buen golpe.
«¿Estás bien?» le pregunté, alarmada. ¡Dios mío, se dio un buen golpe!
«No te peocupes, auela. Etoy bien», responde Kamilita, con una tranquilidad sorprendente. Generalmente es así, como si fuera algo cotidiano.
Se levanta, se despide de sus amigas invisibles y continúa su juego. Hoy, le toca encontrar pares en los libros. Pide su lápiz negro, del mismo color que su cabello, observa detenidamente las páginas y une manzanas con manzanas, uvas con uvas, gatos con gatos y más, con trazos rápidos. «¡Miya, ya está! Ahora, otra», exclama, con entusiasmo.
Todo esto mientras su hermana, Angie vive en su propio mundo, dibujando números y letras, aprendizaje con el que empieza a incursionar con gran concentración.
