
De pronto todo volvió a la era primitiva: sin agua, sin luz, sin internet, sin teléfono, sin televisión. Tras el tenebroso Milton, sólo quedó el ingenio para sobrevivir, en donde todo es posible.
Era la tarde y noche del 9 de octubre. El miedo empieza a calar los sentidos. La lluvia cae como baldes de agua que se precipitaran desde el cielo. El viento cruje como como el paso de una locomotora y parece tener vida propia para buscar entrada por techos, puertas y ventanas. Los árboles bambolean y se inclinan como para no levantarse más. Se escucha el golpe de cosas que vuelan por el aire. Las ramas chocan unas contra otras y golpean sin piedad postes y alambrados de luz. Los chispazos son intermitentes.
Son cuatro o cinco horas interminables, intensas, en los que parece que no quedara nada más que la confianza en Dios. La electricidad, la señal de televisión e Internet van y vienen como ir y venir del tiempo. Pronto quedaremos a la deriva, acá en la Bahía de Tampa, en la Florida.
Las alarmas de los servicios de emergencia suenan a cada instante anunciando marejadas de hasta 20 pies, inundaciones, caídas de postes de luz, prohibición de transitar para evitar electrocutaciones.
Previamente, las autoridades y los medios de comunicación hicieron lo suyo, anunciando la llegada de Milton, el más feroz huracán de los últimos 100 años. Emitieron órdenes de evacuación, prepararon albergues, ofrecieron comida, aseguraron suministro de combustibles que resultaba siempre escaso para atender a la población que huía del siniestro.
Hasta que llegó Milton, con vientos de 120 millas por hora y golpeó sin piedad, arrasando con todo lo que pudo.
La última alerta anuncia inundaciones repentinas altamente peligrosas que podrían extenderse hasta las 3 de la mañana. Luego, silencio. Solo quedaba mirar el desastre
Esta fue la vivencia desde el ojo del huracán. Esta debe haber sido la vivencia de los millones de personas que afrontaron este nuevo embate de la naturaleza, con el mismo miedo, con mayor pánico, con esfuerzos heroicos para salvar sus vidas, después del reciente huracán Helene.
Esta crónica escrita, hasta el amanecer del 10 de octubre, para disipar el miedo en la pasión por escribir, quedó inconclusa, hasta hoy, en que puedo publicarla cuando la Florida empieza a recuperar el pulso de la vida y restablecer poco a poco los servicios básicos.
Hasta hoy, 16 muertos, más de tres millones de hogares sin luz, miles de casas destrozadas, 45 tornados.
