MI EXPLORADORA

Kamilita me esperaba en la puerta.  Un larga vistas colgaba en el cuello.  Con un susurro me invitó a seguirla hacia el patio trasero de la casa.    Sus pasos eran tan ligeros y sigilosos como los de un gatito.  Con un dedo en los labios, me indicó que hiciera silencio, mientras guardaba cuidadosamente  una nuez en su bolsillo.

«¡Quédate calladita, auelita! Ha venido el pájalo calpintelo. ¡Mila, mila, allí está! Debe estal con sus hijitos. ¡Aquí le tlaje comida!» exclamó mi pequeña.  Sus ojos brillaban de emoción. El sol acariciaba su rostro mientras buscaba al esquivo animalito.

Y allí estaba, el carpintero, con su cuerpito negro y blanco, su pico grande y su cresta roja como un penacho. Picoteaba ruidosamente la corteza del árbol y volaba de rama en rama. ¡Qué espectáculo tan maravilloso!

Luego vino el silencio.  Solo se escuchaba el susurro de las hojas y el canto lejano de otros pájaros. 

¿Lo oyes? preguntó Kamilita.

No, no oigo nada,  ¿Y tú?  Parece que se ha ido, le respondí

No hagas luido, insistió mi pequeña, quien siguió recorriendo sigilosamente el patio, mirando el árbol de lado a lado.

La mañana estaba como para disfrutarla, con un cielo azul límpido y un  sol generoso que brillaba  con todo su esplendor.  Una  brisa tenue  refrescaba el día.

El animalito de sus sueños  desapareció, pero no menguó el ánimo de Kamilita por ampliar su búsqueda.   Con catalejo en mano, se subió al trailer del patio y miró hacia el horizonte. 

Desde allí  se dedicó a una detallada inspección de campo.  

De su búsqueda  no escaparon ardillas, mariposas, arañas, hormigas, libélulas, lagartijas, patos, garzas, a los que miraba muy de cerca y los describía  a su modo.  

Kamilita ama su catalejo.  Es su nueva distracción.  Lo lleva al cuello y no sale de casa sin él.   

Cuando vamos en auto, desde la comodidad de su asiento, sus ojos buscan incansablemente al carpintero, ese pequeño constructor de los bosques y a otros tantos animalitos y árboles que encuentra en su camino.

El pájaro carpintero,  que tanto atrae a Kamilita,  es una maravilla de la naturaleza, no sólo por su belleza sino por su habilidad para taladrar los árboles y construir su hogar y su despensa.   

Con cada golpe, su cabeza se mueve a una velocidad vertiginosa, superando incluso a una bala. A pesar de esta fuerza, una gran red de tejidos protege su cerebro, permitiéndole picotear hasta 16 veces por segundo y unas 12.000 veces al día sin sufrir daños. Así dice según la página Xataca Ciencia.

Esta especie se encuentra en peligro de extinción y su hábitat se reduce cada vez más en los Estados Unidos.  Afortunadamente, gracias a los esfuerzos de conservación, aún podemos encontrar estos majestuosos pájaros en algunos santuarios y áreas protegidas.

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