
Lunita cumplió seis meses y está tan bella como las luces de Navidad que adornan parques y jardines de San Petersburgo.
Ayer la llevamos de caminata por el parque. La brisa marina acariciaba su rostro mientras observaba fascinada los barcos que surcan por el Golfo de México y escuchaba el susurro del mar, en donde el agua parece juguetear al compás de los delfines, de los pelícanos que están a la espera de un pez, garzas blancas y otras aves y animales exóticos.
Esta tarde y noche el parque luce diferente. Está repleto de arreglos navideños, con la figura de Papa Noel, renos alando sus regalos, ángeles por doquier. Los árboles de Navidad, inmensos, vistosos, llenos de bombillos y luces multicolores hacen más vibrante el lugar.
Lunita, en brazos de su madre, pasea plácidamente. Abre sus ojitos. Mira con atención el Pesebre, en donde el Niñito Jesús yace junto a María y José, rodeado de los animales que le dieron calor en esa noche fría de su nacimiento. No deja de sorprenderse mirando de un lugar a otro, como devorando este mundo de fantasía. Un avión que cruza por el cielo llama su atención y lo sigue con su mirada hasta que se pierde en el horizonte.
Lunita, junto a sus primas Angielisa y Kamila, volverá pronto para recorrer este y otros parques de fantasía, en donde las ardillas, que tanto gustan a mis pequeñas, recorren escurridizas por el césped, subiendo y bajando de los árboles, en perfecta armonía con los pájaros que vuelan y trinan alrededor. Esta vez, Papa Noel les espera para las tomas fotográficas.
