
Angie. De verdad abuelita, vamos a ver a Papá Noel? Va al parque? ¡Apurate abuelita!
Kamilita. PapÁ Noel. Podemos topale. ¿Es de veldad?
Abuelita. Si. Está esperando a los niños. Quiere tomarse fotos con ellos para no olvidar la carita y la dirección a donde debe llevar los regalos.
Los ojitos de mis pequeñas brillaban de emoción mientras contaban los segundos para visitar al viejito de sus sueños. Se pusieron sus gorras navideñas y salieron en veloz carrera para subir al carro de su madre.
Eran las 17h50 y empezaba a oscurecer. Las luces multicolores del parque se encendieron de pronto y todo pareció cobrar vida. Un árbol de Navidad gigante titilaba al compás de la suave brisa y sonido del mar.
Un helado en el Hotel Rosado fue el preludio para el gran encuentro, en donde nos esperaba Lunita y su madre.
Hasta que llegó el momento. Los cuerpitos de mis pequeñas se agitaban de emoción Allí estaba el vejito bonachón, de larga barba blanca y lentes hacia la nariz ¡Era mucho más grande y más amable de lo que imaginaban!
Sentado en un gran sillón, sonreía como él solo. Papá Noel les extendió sus manos, acarició su carita y les invitó a sentarse junto a él. Los ojitos inquietos de mis chiquitas miraban incrédulas sus ojos intensamente azules.
Kamilita temblaba de emoción. Reía y reía. Angie contemplaba su barba blanca, viviendo la magia del instante y de la que está por llegar. Lunita, la bebita, se sentó en su regazo, con paz angelical. Las cámaras hicieron lo suyo, para perennizar este inolvidable momento familiar,
Nosotros, sus padres y abuelos, inmersos en la ternura del momento, tratamos de leer su corazón e interpretar sus sueños.
Navidad, dulce Navidad, ya estás aquí con tu magia y color, con la inocencia e imaginación de los pequeñitos que iluminan el mundo.
Jesucito está por nacer. El mundo cristiano celebra este acontecimiento y su poderoso mensaje de paz y amor, las armas más poderosas que el ser humano a veces parece olvidar.
