
Con mochilas repletas de sueños y hadas de colores transitó Navidad en la mentecita angelical de mis pequeñas, que vibraron cada día, cada hora, cada minuto. Corriendo como pajaritos por la casa garabatearon sus cartas a Papá Noel y preguntaron insistentemente, con sus manitos, cuantos días faltan para el ansiado día.
Angielisita, Kamilita y Lunita conocieron ya al personaje de larga barba, en el parque de San Pete, en donde le susurraron al oído sus pedidos.
La abuela hizo lo suyo. Sacó de su viejo escondite el Pesebre, el árbol, las luces y procuró el mejor arreglo para la casita de Jesús, con la estrella, María, José y puentes para la llegada de los pastores y Reyes magos, los que fueron utilizados por mis pequeñas para sus mejores juegos infantiles.
La abuela, ante todo preparó la Novena, para recordar el maravilloso mensaje de amor que sintetiza esta fiesta familiar y se encargó del primer día de producción, llenando el hogar de villancicos y cánticos navideños, con una que otra falla técnica.
Un rico chocolate caliente y un pequeño presentito para las pequeñas fue el matiz de la noche. Todos parecían felices, menos Kamilita que con voz sonora dijo: Abuela, Papá Noel se ha equivocado Yo pedí un bebe de cuna. Sus ojitos se llenaron de lágrimas.
Oh. Se me olvidó decirle que este juguetito era solo el preludio de lo que traerá Santa Claus, quien está atareado haciendo los paquetes. La alegría y el abrazo volvieron enseguida.
Así, noche a noche oramos al Niñito Dios por nuestra familia, por la salud, por la alegría, por el amor.
Pero en esta vida nada está escrito.
La influenza, la terrible influenza llegó a casa. Tos, escalofríos, dolor de cabeza, malestar general. La abuela de pronto quedó fuera de combate. No quedó más que autoaislarse para impedir el contagio y arruinar la fiesta familiar.
Mis chiquitas alegraron diariamente mi enfermedad con sus visitas vía zoom y la comida a mi puerta.
Qué tristeza. Pero nada ni nadie cortó sus sueños.
Nació Jesús. Papá Noel llegó con su carga nocturna y la algarabía prosiguió.
Angielisita me contó de su Poquemón y poción mágica. Kamilita arrulló a su bebé de cuna y Lunita, en brazos de su madre, disfrutó de su florecita roquera y pequeña tortuguita.
Navidad. Qué pronto llegas. Qué rápido de vas, fugaz como el viento.
Quedó la mesa tendida. Sólo quedó el amor.
