
«¡Ya tengo cuatro años, abuelita! ¡Hoy es mi cumpleaños!», me dijo Kamilita, como si acabara de descubrir un mundo nuevo.
Mi pequeña princesa está de cumpleaños. Ha crecido y madurado tanto. La miro, la miro y me sorprendo. Ya no gesticula sus manitas con aquella adorabilidad que usaba para hacerse entender lo que no podía expresar con palabras. Hoy no solo que habla muy clarito, sino que es tan aguerrida y audaz como para seguir el ritmo de las aventuras de su hermana Angielisita.
Patina, baila, monta bicicleta, se desliza en las barras y toboganes de los parques, sube y baja por la resbaladera de llantas una y otra vez, ajustándose su gorrita, esa que se pone para que no le hagan los «cachitos». No ha perdido su amor por la exploración de campo, la fotografía y el canto.
Hoy fue su día de fiesta. Amaneció con su vestido de princesa para todas las actividades que su madre le tenía preparadas, y terminó con su traje de baño.

«¡Mira, abuelita! ¡Mira cómo nado solita!», decía, mientras se lanzaba al agua y se zambullía como un pececito en la piscina donde fue su fiesta de cumpleaños. Allí gozó cuanto pudo, entre risas y cantos, hasta que un aguacero inesperado nos obligó a refugiarnos en casa.
Dentro la esperaban los globos, los cantos y el pastel. Era su día, y estuvo «acolitada» por su hermanita, quien la ayudó a soplar la vela, junto a los aplausos de Lunita y la algarabía de toda la familia.
No estaba tan entusiasmada con los regalos hasta que los vió. «¡Mi conejito!», gritó. Ahí estaba el animalito con el que tanto soñaba, en su jaula, con sus zanahorias y verduras, claro que de peluche. Se lo trajo Titi, por recomendación de su madre. Lo abrazó y besó cuantas veces pudo. También estaba su máquina de atrapar muñequitos y muchas otras cositas con las que disfrutaron con Angie.
Pero entre sus sueños no estaba solo el conejito, sino también el caballo. Ese animalito también llegó. Sus ojitos negros se le encendieron. «Yo no quería este», dijo, indignada. «Quería el que puedo montar. El que come hierba en el parque, como ese que me subí en Quito».
«Dios mío, mi amor» «Aquí necesitas un espacio grande, una pesebrera y mucha hierba para alimentarle. No podemos tener un caballito en el patio». le explicó su madre.
Poco a poco, la sonrisa regresó a su carita, y siguió sumergida en su magia infantil.
Chiquita mía. ¡Tanta ternura! ¡Tanta inocencia! ¡Tanto amor! en esa figurita de cuatro años.
