LA PATITA DEL ÁRBOL

«¡Abuelita, abuelita! ¡Ven, ven a ver a la patita sentada en el árbol! ¡Está encima de unos huevos!»

Esa fue la novedad del día. Angie y Kamila me arrastraron, presurosas, al patio trasero de la casa. Y era verdad. Allí, en la rama de un árbol, una patita estaba sentada, muy escondida y cautelosa, en su nido. ¡Imagínense! Una pata empollando tan alto, ¡Qué animal tan peculia!

La patita se llama Pelusa, me dijo Angie.  Y el papá se llama Paco, replicó Kamila. 

La patita parecía inmóvil sobre sus doce huevos. Aparentemente, no se movía ni para comer. Imaginamos que lo haría durante la noche. El pato padre también venía a visitarla constantemente. 

Mira abuela.  Ahí está en esa rama.  Oíste el ruido que hizo al volar, dijeron mis niñas. En verdad, voló tan  alto como un pájaro.

Angie y Kamila se convirtieron en las guardianas silenciosas de la patita. Cada mañana corrían al patio con pequeños trozos de pan o maíz.  Con pasos lentos y voces susurrantes, se acercaban al árbol. «Hola, patita», decía Angie, mientras dejaba la comida al pie del tronco. Kamila, más atrevida, intentaba dejarla en una rama cercana. Observaban con fascinación cómo la mamá pata permanecía inmóvil, sus ojos oscuros fijos en el horizonte, protegiendo su preciada carga.   }

Esta mañana, la noticia fue diferente.

«¡Abuela, abuela! ¡Ven, ven! ¡La patita ya no está, pero ahí están los huevos rotos!»

«Ah», dije. «Deben haber nacido ya los patitos, igual como nacen los pollitos¡»

«Pero, ¿cómo se bajaron, abuela? Si el árbol es muy alto.» dijo Kamila.  Por aquí.  Mira mira. hay una rama como escalera.  Por ahí deben haberse ido, comentó Angie.

«Los animalitos son muy ingeniosos. Deben haber bajado con la ayuda del padre«, les dije, tratando de explicar el misterio.

Lo cierto es que la patita ya no está. En el  nido vacío solo quedaban los cascarones rotos como evidencia de la vida de sus chiquitos.  Las niñas, entre sorprendidas y tristes, extrañan a su «patita del árbol». Pero, días después, la tristeza se transformó en alegría cuando vieron varios patitos pequeños y traviesos, nadando en la laguna. 

Angie y Kamila  sabían, con una certeza infantil, que esos eran sus patitos,

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