
«Mami, no puedo. Siento como si me faltara el aire. ¡Es imposible vivir lejos de ella!».
Ese fue el sentimiento de Sofi el primer día que debió dejar a Lunita en la guardería. Y la entiendo. Es como si a uno le arrancaran el alma.
Lunita fue a la guardería, que queda frente a su casa, para socializar con otros pequeños mientras su madre trabaja. Con lonchera y mochila en mano, entró muy orgullosa al lugar y fue objeto de una entusiasta recepción por parte de sus nuevos compañeritos. Curiosió y jugó con todo lo que pudo y hasta comió sus brócolis y pepinos, tal como lo hace en casa.
Fueron apenas unas horas, pero el entusiasmo le duró poco. Pronto empezó a preguntar por su madre, hizo pucheros y soltó el llanto, ese que uno no puede controlar. A su madre le faltaron pies para llegar a rescatarla. Tenía los ojitos hechos papas. «La abracé y volví a vivir», me comentó. Así es la vida. Pronto se acostumbrarán.
Lunita ha madurado mucho. Le encanta bailar al son de «Javivi, Javivi», una canción árabe que, traducida al español, significa «cariño, cariño». Ha madurado mucho en estos últimos meses, es muy independiente y traviesa como ella sola.

Tiene fascinación por mis lentes, mi celular y mis llaves. De todas estas alternativas que tiene a su alcance, opta siempre por las mías. Ya participa en los juegos con sus primitas e incluso en la ceremonia de graduación de Angielisita, en la que se divirtió a lo grande.
¡Chiquita linda! Es un amor.
