
Mi Lunita crece como un sol. Con dieciséis meses, no solo habla, camina y corre, sino que también se atreve a montar bicicleta y hasta a jugar al fútbol. Le encanta el agua y ya quiere nadar como un pez.
Aunque está en la etapa de crecimiento en la que afianza su autonomía e identidad —esa fase caracterizada por el constante «no, no y no»—, ella es una niña increíblemente activa en su proceso evolutivo.
Este sábado, tras un largo y delicioso momento de juego en la piscina de su tía Paula, su madre optó por sacarla para poder continuar con las actividades del día. Sin embargo, Lunita se aferró a su pequeña mochila y la arrastró con todas sus fuerzas hasta el borde de la piscina, decidida a seguir en el agua.
Su madre aplicó entonces todas las normas de la moderna inteligencia emocional para convencerla a salir de esta actitud que parecía inamovible.
Afortunadamente, Lunita ya participa, a su manera, en todos los juegos infantiles. Con sus primitas Angie y Kamila, la diversión es total: ellas acceden a jugar al caballito y soportan sus brincos con toda la risa y alegría de su infancia. Con sus hermanitas mayores, Madisón y Jazmín, se acopla de maravilla a sus mimos y baila al ritmo que le pongan. Es un goce verla.
La «Edad del No»
En la «edad del no», que va desde los quince meses hasta, aproximadamente, los tres años, es el periodo en el que los niños reafirman su autonomía e identidad. Decir «no» es una de las formas de afirmar su voluntad y ejercer poder para tomar sus propias decisiones. El «no» proporciona a los bebés una sensación de control, permitiéndoles comunicar: “Esto lo decido yo”. Además, lo utilizan para probar la coherencia y la paciencia de los adultos, aprendiendo cuáles son los límites y las normas establecidas. Dado que a esta edad su vocabulario es aún limitado, utilizan el «no» porque es una palabra fácil de aprender y, a menudo, una de las que más escuchan de los adultos al establecer límites.
