
Faltaban apenas nueve días para la Navidad y todo en la casa susurraba su nombre: el pesebre puesto con amor, el árbol centelleante, los villancicos de fondo y, sobre todo, la dulce plegaria de los más pequeñitos. Es que, en esencia, la Navidad es de ellos.
—Jesucito, cuida mucho a mi mamá y a mi papá —susurra Angielicita con devoción. —Y a mi ñañita y a mis abuelitos también —añade Kamilita, uniendo su voz. Lunta sigue el ritmo con su carita expectante.
Con sus manitos juntas y mucha seriedad, las pequeñas van tejiendo una red de bendiciones que alcanza a todos: a Lunita, a Titi y a Majed; a los abuelitos Lucy y Pepe; e incluso, con la ternura propia de su edad, incluyen a su perro y a su pez. Luego, siguiendo el ritmo de la oración, exclaman de repente: —¡Abuela, te olvidaste! También hay que pedir por la Ligita y el Rodrigo, y por la Sylvita que nos cuida desde el cielito; y no te olvides del Bacardí y el Jeje.
Este momento de fe pura nació después de ver, con ojos muy abiertos y curiosos, la historia del nacimiento de Jesús. Entre escena y escena, surgían esas preguntas mágicas: ¿por qué los ángeles tienen alas?, ¿por qué María viaja en un burrito? o ¿cómo era ese rey malo?
Jesús, sin duda, escuchará sus plegarias, pues Él sabe leer el corazón y sentir la inocencia. Al final, todo irradia paz. Es un instante de oración sublime que envuelve el alma y que solo puede terminar de una forma: con el chocolate caliente de la abuela y el abrazo infinito del calor del hogar.
