¡BENDITA INOCENCIA!

Dos nacimientos en miniatura fueron el deleite de mis pequeñas, Angielisita y Kamilita, en la noche de Navidad. Fueron traídos desde Ecuador por su abuela. Después de rezar la novena, los colocaron en un lugar preferencial del pesebre. “No te olvides de rezar por toda la familia”, dijeron ambas al unísono, en un susurro muy bajito al oído de su madre.

Elisita y José fueron los anfitriones de esta Navidad, deleitándonos con sazón caribeña y carne “al carbón”. Sin embargo, el mayor atractivo no estuvo en la comida, aunque estuvo deliciosa; lo realmente bello fue el calor del hogar, el amor y la ternura de mis pequeñas, quienes revoloteaban por la casa contando las horas para la llegada de Papá Noel.

“Abuela, ¿qué está haciendo Papá Noel en este momento? ¿Cómo viene? ¿Sabe mi dirección? ¿Se acordará de todo lo que pedimos?”, preguntaba Angielisita, con más incertidumbres que certezas. Por su parte, Kamilita aseguraba: “Mi mamá escribió clarito mi carta. Yo pedí el dinosaurio que habla y camina, y Angie pidió los Pokémon”. ¡Bendita inocencia!

Se bañaron de prisa y, aunque la emoción de las luces y la noche les quitaba el sueño, finalmente se durmieron. Al día siguiente, el reclamo de Kamila no se hizo esperar: “¡Mamá! No ha venido Papá Noel, no hay ningún regalo”, dijo indignada. “¿Miraste bien? Capaz que los dejó bajo el árbol”, le respondió su madre.

De pronto, estallaron los gritos de algarabía: ¡ahí estaban los regalos del viejito barbón! Y como las pequeñas tuvieron un comportamiento ejemplar, también encontraron muñecas para vestir y otras sorpresas encargadas por sus padres y abuelos.

Qué bello espectáculo. Tanto amor, tanta fe y tanta ternura. Definitivamente, Dios nos habla a través de su sonrisa y su inocencia.

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