
En una tarde soleada, llena de amor y alegría Lunita disfruta ya de todos los juegos infantiles. Sube y baja la resbaladera y se aventura a todos esos entretenimientos. Su independencia lleva mi recuerdo a los días en que mi pequeña Angie me invitaba a los toboganes para lanzarnos juntas al vacío.
Ahora es Lunita quien corre, dueña de su espacio. Va de un lado a otro. Sus ojos brillan al pasar del columpio al trapecio y las escaleras, descubriendo una emoción nueva en cada rincón. Ríe junto a sus primitas A pocos pasos, su madre la observa y cuida con ese amor que será siempre el puerto seguro de su caminar.
Hasta encontró un avión de colores para su viaje imaginario. Quizás en este parque no hay camellos ni caballos como en las tierras lejanas de Egipto, que Lunita guarda en su recuerdo. Allí, sentada en su pequeña cabina, vuela y vuela tan alto como los sueños que algún día la llevarán a conquistar el mundo.
¡Vuela alto, chiquita hermosa!
