
Hace siete años, nuestro mundo se iluminó con la llegada de un ángel bello. Parece que fue ayer cuando apareció: pequeñita, rosadita y perfecta, como un botón de rosa recién caído del cielo. Aún siento en la piel aquellas tardes de sol en las que caminábamos por el parque y junto al lago, jugando a ser exploradoras en busca de los tesoros de la naturaleza: caminitos de hormigas, orugas curiosas, ardillas saltarinas y arañas tejedoras.
Hoy, mi Angielisita ha crecido. Ya no solo se desliza por los toboganes, ahora corre con la velocidad del viento, pedalea en su bicicleta, se desliza sobre el hielo y baila con la gracia de una pequeña ninfa. Sus manos, que antes solo buscaban las nuestras, ahora saben sumar, pintar mundos nuevos y hojear libros llenos de historias.

Para este cumpleaños, ella guardó cada segundo de espera con ilusión. Pero, sobre todo, me pidió una y otra vez que le contara su historia favorita: el día en que nació. Le hablé de su llegada apresurada, de su belleza de muñeca y de cómo las enfermeras la cuidaban con mimos y pequeñísimas agujas para que creciera sana y fuerte.
Ella me escuchó con atención, pero luego, con esa sabiduría que solo tienen los niños, me hizo una revelación: —Antes de eso, yo estaba en el cielo mirando y mirando… —me aseguró con una sonrisa—. Estaba buscando a mi mamá, y escogí a la más linda y buena del mundo.
—No te equivocaste, mi amor —le respondí mientras me envolvía en un abrazo de amor infinito—. Elegiste a la mejor.
Entonces, la pequeña Kamilita, con sus ojos curiosos, preguntó: —¿Y yo dónde estaba? —Tú esperabas tu turno en el mismo cielito, preparándote para llegar a la pancita de mamá. —¡Sí! —exclamó ella con alegría—. ¡Yo también escogí a la más linda!
Hoy, su cumpleaños fue una fiesta de risas y amistad. Junto a Lunita, su adorable primita,, sus amiguitas de la escuela, sus padres, abuelitos y tías, celebró la vida. Jugó hasta el cansancio, se columpió sintiendo el aire en la cara y nos demostró, una y otra vez, su nueva gran hazaña: cruzar las barras con su ágil «paso de monito».
Chiquita mía: que Dios te bendiga y te proteja siempre. ¡Qué suerte tuvimos de que nos eligieras!
