EL DÍA EN QUE «SKY» SE ROBÓ MI «NO»

Siempre me han fascinado los gatitos: son dulces, sobrados, independientes  y tienen una obsesión con la limpieza. Sin embargo, cuando nacieron mis hijas, María Elisa y Sofía, colgué los guantes y decreté, por muchos años,  un «no» rotundo a los michis en casa, por miedo a alergias y enfermedades.

Pero hoy, mi firme negativa flaqueó. Mis pequeñas nietas soñaban con los gatitos del vecindario y añoraban tener uno propio.  Kamilita hasta dibujó la residencia  Su madre había decidido  darles el gustito y tenían el secreto muy bien guardado  A decir verdad, contaban con una ventaja: el patio es lo suficientemente grande como para que un felino pueda disfrutar del aire libre sin problemas.

 El golpe final lo dio Kamilita: tras volver de la escuela, la encontré en una misión secreta acariciando sigilosamente al intruso. ¡Hasta quería subirlo al carro para ir al encuentro de Angie. Ante mi negativa, hubo un drama digno de telenovela y llanto hasta el cansancio.

Intenté explicarles  que a los gatos no les gusta viajar y que saltan por las ventanas, pero el «gato verdugo» fue más listo. En cuanto me vio, se trepó a mi falda, activó el motor del ronroneo y restregó su cabecita negra en mi brazo.

—¡Viste, abuela! ¡El gato te ama! —gritó Angielisita triunfal. —Ya te gusta, abuela —replicó Kamilita con una sonrisa, mientras rescataba al felino para estrecharlo en sus brazos.

  No hubo nada que hacer. Ahora el nuevo habitante tiene casa, comida y gimnasio propio. Es un bello ejemplar, negro como la noche, de cola larga y ojos verdes, que corretea de puntillas como si no quisiera que lo notaran . Se llama Sky (Cielo, en español, me aclaró Angie) y, aunque yo era la de la resistencia, ahora es el rey de mis pequeñas traviesas y se convertirá en un refugio de amor.

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