
Si hay algo que lllena el alma de la abuela, es la explosión de felicidad con la que las primitas —Angielisita, Kamilita y Lunita— se reencuentran. Las hermanitas Martínez brincan de emoción cuando saben que van a visitar a Lunita; le preparan con ilusión un regalito especial y, al llegar, ella las espera en la puerta pegando gritos y saltos de alegría. Las recibe con un abrazo gigante, las toma de la mano y las arrastra directamente a su sofá favorito y a sus juguetes para, segundos después, salir corriendo por toda la casa jugando a todo lo que se les cruza por la imaginación.
Ayer fue, precisamente, uno de esos días mágicos de encuentro. Sofita, su mamá, tuvo que viajar por trabajo a North Carolina, dejando a Lunita bajo el amoroso cuidado de Majed, su papá.
Pensando en que la pequeñita podía sentir nostalgia por la ausencia de mamá —aunque Majed la rodeó de mimos y cuidados—, fuimos a visitarla. El reencuentro fue una fiesta de risas, abrazos y algarabía.
De ahí, ¡todos al parque infantil! Disfrutaron de los juegos del lugar y de la compañía de las ardillas y palomas que pululan por los árboles. Pero el momento estelar llegó cuando un perro gigante cruzó frente a ellas y acaparó toda su atención. Con el permiso de su dueña, se animaron a acariciarle la cabecita, escucharon su historia y, muy atentas, le presumieron también las travesuras de su gato Cielo Sky. Por supuesto, no faltó la foto para el recuerdo, con todas posando felices.
Ya con las pilas agotadas de tanto jugar, regresamos a casa. Lunita se quedó tranquilita y, según reportó su papá, se bañó y cayó rendida en los brazos de Morfeo casi al instante. Del otro lado de la línea, la mamá preguntaba por cada mínimo detalle, contando los segundos y los minutos para juntarse con su Lunita.
Hoy, el reencuentro con su madre fue inenarrable, fundidas en ese abrazo eterno del amor.
Mis niñas chiquitas son, sin duda, la risa de Dios y la alegría infinita de esta abuela.
