
El gran árbol del jardín, de ramas generosas extendidas al cielo, no solo embellece el paisaje, sino que nos cobija con su sombra y enciende la febril imaginación de mis pequeñas.
Angie y Kamilita trepan a su árbol y a la casa de sus sueños, tejiendo un universo de historias y cuentos mágicos junto a todos los animalitos que rondan por el lugar. Por supuesto, Cielo Sky no se quedó atrás. Subió de un brinco y corrió hacia la punta, ante la angustia de mis niñas que lo creían en peligro. Pero el muy pilluelo, con la agilidad de un acróbata, saltó de rama en rama y bajó con la misma rapidez,
¡Ay, cómo vuela mi propia imaginación al recordar los bosques y los árboles de ciprés de la casa de campo de mi niñez, convertidos entonces en cuentos de hadas y en alcobas de juegos infantiles.!
Hoy, los abuelos somos el puente y la escalera para que mis niñas puedan alcanzar su casa cuando sus padres no están. Angie y Kamila conversan, ríen, inventan mundos, saltan del árbol y vuelven a él en un ciclo eterno de travesuras. ¡Qué belleza! La maravilla de ser niño.
