
La tarde empezaba a languidecer, mientras la pista esperaba a papá y a sus retoños para esa noche de ensueño.
Todo estaba listo: vestidos, flores, diademas, zapatos. Elisita había preparado todos los detalles para este encuentro escolar, cuya peculiaridad era única: el baile del “Príncipe y la Princesa”
Angielisita lucía su traje rosa, tatuado de perlitas, en perfecta armonía con el brillo de sus ojos y su risa de ensueño. Mira. Esta es la diadema y queda bien con el vestido, me dijo. Se miró en el espejo, sacudió su pelito hacia un lado y otro, y paseó como quien anduviera en pasarela. «Peíname bonita, abuela», me pidió.
Pero no era solo una. Eran dos princesas. Kamilita tenía listo su vestido celeste, salpicado de estrellas. Se lo puso con prisa y mostró el encanto de su carita risueña. «Esta diadema, mira. Esta diadema hace juego con mi vestido. Mira, tiene perlas blancas«, me comentó, colocándosela inmediatamente sobre su pelito negro.
De pronto, hizo su entrada triunfal Elisita, su madre. Estaba bella con su vestido lila, ajustado a su cuerpo, que aún conserva el estilo de sirena de su juventud, y esa sonrisa peculiar que alegra todos los ambientes. Por fin encontró un tiempito también para ella.
Y de pronto, apareció el príncipe: alto, esbelto, barbado. Cambió su overol de trabajo por su traje de gala. Lucía orgulloso, no solo de su pinta, sino, ante todo, de su bella familia.
«Espera, espera. Falta algo«, dijo Elisita. Se escabulló por segundos y apareció de pronto con unos zapatos blancos, al puro estilo caribeño, para completar el atuendo del padre de sus pequeñas.
La foto. Faltaba la foto para perennizar la magia que rodeaba el ambiente. No, no eran solo los trajes. Era la energía vital del amor, del encuentro, del orgullo familiar.
Lo que vino después, en la fiesta, en la música, en su primer baile, acompasado o no, sólo ellos lo saben. Imagino que fue una noche inolvidable, pensada por los maestros para cultivar el calor familiar.
