
Era una mañana de verano, azul y soleada, como si la naturaleza misma llamara a la vida. Fue el escenario perfecto para finalizar el año escolar en la escuela de mis pequeñas, con un intenso y divertido juego en el agua. Mojándose hasta el cansancio, corriendo de un lado al otro entre risas sonoras y cristalinas, se despidieron de sus maestras y compañeros. Fue una idea genial para dejar atrás las madrugadas, la rutina, las tareas y hasta las malas energías, asegurándose de guardar muy dentro, como un tesoro, la sabiduría que queda sembrada en sus cabecitas.

La maravilla de ser niños: chapotear en el agua, saltar charcos, mojar zapatos nuevos o viejos, bajo el calor o el frío… Para ellas, todo es diversión, juego y febriles historias que crea su desbordante imaginación infantil.
Como todo en la vida, termina una etapa y viene otra con nuevas responsabilidades, experiencias y conocimientos; llegarán nuevos maestros y, quizá, nuevos compañeros. Por ahora, Angielicita y Kamilita colgarán sus mochilas por unos cuantos días y se prepararán para escribir los nuevos capítulos de sus propias vidas.
Yo, la abuela, solo las veo, esquivo el cansancio y las observo crecer para continuar escribiendo las páginas de este libro, con la bendición de Dios.
